HALLOWEEN: ¿SABEMOS REALMENTE LO QUE ESTAMOS CELEBRANDO?
Efesios 5:11
«Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas».
Una reflexión para cristianos, padres y familias
Cada año, cuando llega el 31 de octubre, nuestras calles, colegios, comercios y redes sociales se llenan de disfraces, calaveras, brujas, demonios, sangre, cementerios y personajes relacionados con la muerte y el terror.
Y cada año repetimos las mismas frases:
«Es solo una fiesta».
«Son cosas de niños».
«No hay que exagerar».
«Todo el mundo lo celebra».
Pero hoy quiero plantearte dos preguntas que considero mucho más importantes:
Como cristianos, ¿sabemos realmente qué dice la Biblia acerca de aquello en lo que participamos?
Y como padres, ¿somos conscientes de lo que estamos introduciendo en la mente y el corazón de nuestros hijos?
1. ¿Qué significa realmente Halloween?
Halloween no es simplemente una fiesta que apareció hace unos años para que los niños se disfracen y pidan caramelos.
Su historia es compleja. Tiene conexiones con antiguas tradiciones celtas como Samhain, relacionadas con el final de la cosecha, el comienzo del invierno y las creencias sobre los espíritus de los muertos. También recibió influencias de celebraciones cristianas posteriores.
De hecho, la palabra Halloween procede de All Hallows' Eve, que significa «víspera de Todos los Santos».
Con el paso del tiempo, especialmente en su versión comercial moderna, la celebración ha incorporado elementos de terror, brujería, fantasmas, monstruos y muerte.
Eso no significa que todas las personas que participan estén practicando ocultismo. Muchas familias simplemente buscan divertirse.
Pero que algo se haga por diversión no significa que no debamos preguntarnos qué representa y qué valores transmite.
2. ¿Qué dice la Biblia?
La Biblia no menciona Halloween por su nombre, pero sí establece principios claros para orientar nuestras decisiones.
En Efesios 5:8, Pablo nos recuerda:
«Andad como hijos de luz».
Y en Efesios 5:11 nos exhorta a no participar en las obras infructuosas de las tinieblas.
Deuteronomio 18:10-12 advierte expresamente contra la adivinación, la hechicería, los encantamientos y la consulta a los muertos.
No debemos confundir automáticamente un disfraz con una práctica ocultista. Sin embargo, tampoco podemos ignorar lo que Dios enseña acerca de estas cosas.
La cuestión no es solamente si algo está permitido o prohibido.
La verdadera pregunta debería ser:
¿Esto agrada a Dios? ¿Es coherente con la fe que digo tener? ¿Me acerca a Cristo o me acostumbra a considerar normal aquello de lo que su Palabra me llama a apartarme?
Porque ser cristiano no consiste únicamente en creer en Dios los domingos, sino en permitir que su Palabra dirija nuestras decisiones todos los días.
3. ¿Y qué estamos enseñando a nuestros hijos?
Quizás esta sea la parte que más debería hacernos reflexionar.
Nos preocupamos por su alimentación, por sus estudios, por sus amistades y por su seguridad.
Pero ¿nos preocupamos igualmente por aquello que alimenta su imaginación, sus pensamientos y sus emociones?
Los niños están formando su manera de entender el mundo. Aprenden de lo que ven, escuchan, admiran y, especialmente, de lo que los adultos presentamos como divertido o aceptable.
No todo disfraz es perjudicial, ni todo niño experimenta el miedo de la misma manera. Pero determinadas imágenes violentas o terroríficas pueden provocar miedo, pesadillas o ansiedad, especialmente en los más pequeños.
Y hay otra cuestión que va más allá del miedo.
¿Qué ocurre cuando convertimos el mal, la crueldad, lo demoníaco o la muerte en un espectáculo divertido, sin explicar a nuestros hijos su verdadero significado?
¿Estamos enseñándoles a distinguir entre el bien y el mal, o simplemente a seguir lo que hace la mayoría?
¿Conocemos los videojuegos que utilizan, los vídeos que consumen, las imágenes que comparten y los personajes que admiran?
Halloween puede ser una oportunidad para hacernos una pregunta mucho más amplia:
¿Quién está educando realmente a nuestros hijos: nosotros, la Palabra de Dios o la cultura que los rodea?
4. No podemos delegar nuestra responsabilidad
La Biblia nos llama a enseñar a nuestros hijos los caminos de Dios.
Deuteronomio 6:6-7 nos recuerda que sus palabras deben estar en nuestro corazón y que debemos enseñarlas diligentemente a nuestros hijos.
Pero no podemos enseñar lo que desconocemos.
No podemos pedir discernimiento a nuestros hijos si nosotros aceptamos cualquier costumbre sin examinarla.
Y tampoco podemos esperar que ellos desarrollen convicciones firmes si nuestra única explicación es: «Lo hacemos porque lo hace todo el mundo».
No se trata de criar niños asustados, aislados o incapaces de relacionarse con los demás.
Se trata de formar niños que sepan pensar, discernir y decidir conforme a los valores que les hemos enseñado.
Un padre cristiano no solamente protege a sus hijos de los peligros que pueden verse. También debe ayudarles a reconocer las influencias que afectan a su interior.
5. No se trata de vivir con miedo, sino con discernimiento
Como cristianos no tenemos por qué tener miedo a Halloween.
Nuestra fe no está fundamentada en el temor a las tinieblas, sino en Jesucristo, que ha vencido a la muerte.
Pero precisamente por eso debemos preguntarnos por qué habríamos de celebrar o trivializar aquello que contradice los valores que queremos transmitir.
No necesitamos condenar a las familias que piensan de otra manera, ni juzgar las intenciones de todos los que participan.
Necesitamos conocer la verdad, actuar con coherencia y enseñar con amor.
Filipenses 4:8 nos invita a ocupar nuestros pensamientos en todo lo verdadero, honesto, justo, puro, amable y digno de alabanza.
¿No sería este un buen criterio para elegir lo que ven, escuchan y celebran nuestros hijos?
Una última reflexión
Quizás el mayor peligro no sea una noche de disfraces.
Quizás el verdadero peligro sea habernos acostumbrado tanto a seguir las costumbres del mundo que hemos dejado de preguntarnos qué piensa Dios de nuestras decisiones.
Nos preocupa que nuestros hijos sean diferentes.
Pero ¿no deberíamos preocuparnos más de que crezcan sin convicciones, sin discernimiento y sin conocer verdaderamente la Palabra de Dios?
Antes de preguntarnos si nuestros hijos deberían celebrar Halloween, preguntémonos si nosotros estamos enseñándoles a conocer a Cristo.
Porque nuestros hijos no necesitan simplemente que les digamos qué deben evitar.
Necesitan que les enseñemos qué es lo verdaderamente bueno, qué merece la pena amar y, sobre todo, a quién merece la pena seguir.
No se trata solamente de qué celebramos el 31 de octubre. Se trata de qué estamos sembrando en el corazón de nuestros hijos los 365 días del año.
«Examinadlo todo; retened lo bueno».
1 Tesalonicenses 5:21 (RVR1960)
